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Triunfa la biodiversidad Imprimir

Viernes, 10 de marzo de 2006
Por Mario Santana Ortiz
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ADJUNTAS - Estamos en el Bosque del Pueblo, que pudo ser otra cosa, quizás un enorme cráter de donde salen camiones con oro, plata o cobre.

Todavía quedan en estas montañas rastros de esa explotación minera, incipiente porque Casa Pueblo y la lucha comunitaria que lideró no permitieron otra cosa.

Fueron quince años de denuncias, de protestas. Hace diez que el bosque se salvó. El Bosque del Pueblo está lleno de niños y adolescentes. Alexis Massol, el fundador de Casa Pueblo, estima que hay más de 800.

Vienen a darle la bienvenida al Julián Chiví. Es el quinto año que lo hacen. “Es el ave símbolo del Bosque”, expresa Massol. “En septiembre emigra a Suramérica y regresa entre febrero y marzo a tener crías con ciudadanía puertorriqueña”. Massol sonríe mientras habla del Julián Chiví.

Hay varios talleres. Se ofrecen simultáneamente a los niños, jóvenes y adultos que se acercan.

Ana Trujillo, manejadora del Bosque del Pueblo, cuenta qué es un plan de manejo. “Es un concepto difícil, bien técnico, pero noto que los niños lo pueden entender”, manifiesta luego a El Nuevo Día.

Nilson Joel Morales Rivera, de cinco años y oriundo Ponce, afirma que está “en El Yunque”. Cuenta que un bosque “tiene hojas que se mueven” y “palos”. Su abuela, Sara Rodríguez, lo escucha y ríe. Gladys Toro, profesora de genética en el Recinto Universitario de Mayagüez, explica cómo hacer papel con materiales reciclados. “Es una causa muy noble que se enseñe a los niños a amar la naturaleza”, comenta.

Joy Marie Morales, una niña ponceña de seis años, dice que le gusta el bosque “porque tiene pajaritos”. Ella no tiene dudas de por qué está aquí. “Para ver a Remi”, asegura, refiriéndose al payaso que personifica hace 27 años José Vega. El “Punto de la Victoria” es el lugar más alto del Bosque del Pueblo. Massol recuerda que aquí celebraron su victoria sobre la minería. Una bandera de Puerto Rico se levanta en el lugar.

Es el momento del “Revelo de la bandera”. Los niños se ponen en fila, los llaman sus maestras. “Que viva el Julián Chiví”, gritan mientras alguien saca la bandera y camina con ella. Los niños lo siguen. “Que viva el Julián Chiví”.

Abajo hay un batey indígena. Las piedras que lo delimitan tienen petroglifos precolombinos. Allí llega la bandera. Alrededor se reúnen los estudiantes. Todos, menos 110 que están en el medio del batey. Van a ser juramentados como guardabosques voluntarios.

Massol les pide que levanten la mano. Lo hacen. Massol lee y ellos repiten: “Yo, ciudadano del planeta Tierra, hermanado con la biodiversidad de los árboles y la pureza de las aguas, asumo la responsabilidad y juro ante la Madre Tierra ser un fiel guardabosque voluntario del Bosque del Pueblo...” “Así me ayude el Julián Chiví”, dicen, al final.

El coro del Colegio Universitario de Cayey canta. Es una canción que compuso su director, Amílcar Rivera: “De qué lejano cielo, Julián Chiví/ llegas a nuestro suelo/ volando, volando/ … Qué misterio te trae a nuestros bosques en el mes de febrero…”.

“Conservar la naturaleza no tirando basura”, explica Federico Ortiz Rodríguez, de nueve años y natural de Adjuntas, al hablar de sus responsabilidades como guardabosque voluntario.

“Para mí esto es algo importante porque estamos contribuyendo al ambiente”, dice otra guardabosque voluntaria, Liz Marie Sepúlveda, de 17 años y vecina de Humacao.

“Esto es un proyecto de esperanza”, concluye Alexis Massol.

 
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